El desierto comienza en el silencio
«Apacentando Moisés el rebaño de Jetro su suegro, lo llevó tras el desierto, y llegó a Horeb, monte de Dios.» — Éxodo 3:1
El primer desierto que enfrentó Moisés no fue el que cruzó al huir, sino el que encontró en el silencio de su propia vida. Por cuarenta años, estuvo en el lado “de atràs ” del desierto, cuidando ovejas. Después de la realeza de Egipto, esta vida era una monotonía árida. No había batallas, ni grandes discursos, ni milagros; solo arena y rutina. Sin embargo, fue precisamente allí, en esa soledad sin interrupciones, donde Dios lo llevó al Monte Horeb.
Tu desierto personal a menudo se siente así: no como una gran catástrofe, sino como una sequedad prolongada. Es el lugar donde la vida no cumple tus expectativas, donde las oraciones parecen rebotar en el techo y donde te preguntas si tus talentos se están desperdiciando.
Pero mira el versículo: Moisés llegó a Horeb, el Monte de Dios, tras el desierto. Esto nos enseña una verdad fundamental: el desierto no es un vacío, es una ruta de acceso.
Dios usa el silencio y la escasez para despojarnos de las distracciones de “Egipto” (el orgullo, la autosuficiencia, el ruido del mundo) y prepararnos para su voz. El llamado no vino en medio de la corte, sino en la soledad de una montaña. No menosprecies tu tiempo de quietud. Es en esos “tràs del desierto” donde Dios está a punto de mostrarte su zarza ardiente y revelarte su propósito.


